Otra manera de ver Egipto
LuxorMetro en El CairoAswanMetro en El Cairo
 
 
 
Descubrimiento la segunda tumba de Hatshepshut
 

En el mes de octubre de 1916, Lord Carnarvon, socio capitalista del descubridor Howard Carter, nos cuenta como se descubrió la denominada “Segunda tumba de Hatshepshut:

La ausencia de oficiales, debida a la guerra y a la desmoralización general producida por la misma, había engendrado, por desgracia, un gran resurgimiento de la actividad de los ladrones indígenas de tumbas, y bandas de gentes que hacían excavaciones rápidas corrían en todas direcciones.

Una tarde llegó al pueblo la noticia de que se había realizado un hallazgo en una región solitaria y poco frecuentada del lado oeste de la montaña, sobre el Valle de los Reyes. Inmediatamente se armó un grupo rival y marchó hacia el lugar, y en la animada batalla que siguió, el primer grupo fue golpeado y expulsado, mientras prometían vengarse.

Los notables del pueblo vinieron a verme y me pidieron que hiciera algo para evitar posteriores problemas. La tarde estaba ya bastante avanzada, así que reuní apresuradamente los pocos trabajadores que se habían librado del reclutamiento para el ejército, y salimos con los materiales necesarios hacia el citado lugar; una expedición que incluía una escalada de más de quinientos cincuenta metros sobre las colinas de Gruña, a la luz de luna.

Cuando llegamos allí era media noche, y el guía me señaló el extremo de una cuerda que colgaba en el vacío, junto a la pared del acantilado. Se podía oír el ruido de los ladrones en pleno trabajo, así que, para empezar, corté la cuerda, evitando con ello toda posibilidad de escape y, luego, provisto de una fuerte cuerda de mi propiedad, me descolgué por la pared del acantilado. Deslizarse por una cuerda a medianoche dentro de la guarida de expertos ladrones de tumbas es un pasatiempo que no carece de animación.

Eran ocho ladrones, y cuando llegué al fondo se produjeron un par de situaciones violentas. Les ofrecí la alternativa de despejar el lugar, utilizando mi cuerda o, quedarse donde estaban, sin ella, y por fin comprendieron y se marcharon. Pasé el resto de la noche en el lugar, y tan pronto como amaneciese, volví a bajar a la tumba para hacer una investigación completa.

La situación de la tumba era fuera de lo corriente. La entrada estaba escondida en el fondo de una grieta natural tallada por la erosión del agua, cuarenta metro por debajo de la cumbre del acantilado, y setenta y ocho metros sobre el lecho del valle, y parecía tan astutamente disimulada, que no podía verse rastro alguno de ella, ni por abajo, ni por arriba.

De la entrada, partía un corredor recto que se adentraba en el acantilado unos diecisiete metros, doblando luego varias veces a la derecha; al final, un corto pasadizo, tallado en la pronunciada pendiente, conducía a la cámara, de uno con setenta y siete metros cuadrados. Todo estaba lleno de escombros, de arriba abajo, y a través de ellos, los ladrones habían excavado un túnel de unos veinticinco metros de largo, y de una anchura suficiente para permitir a un hombre arrastrarse por él.

Era un descubrimiento interesante y podía tratarse de algo importante, así que determiné extraer todo su contenido. Nos llevó veinte días el hacerlo, trabajando día y noche con relevos de los trabajadores, y resultó extraordinariamente difícil. El sistema de ganar acceso a la tumba por medio de una cuerda, desde el borde del acantilado, era poco satisfactorio, ya que, además de resultar peligroso, por otra parte requería una dura escalada desde el valle. Era evidente que sería preferible el acceso desde el fondo del valle, y para ello, colocamos poleas en la entrada de la tumba para poder subir y bajar. Incluso así, no era operación muy cómoda, y yo personalmente siempre me descolgué en una red.

Los trabajadores se excitaban más y más al avanzar los trabajos, ya que creían que un lugar tan bien escondido debía contener una gran tesoro y así tuvieron un gran desengaño cuando resultó que la tumba no se había terminado, ni ocupado nunca. El único objeto de valor que contenía era un gran sarcófago de arenisca cristalina, inacabado, como la tumba, y con inscripciones que demostraban que había sido destinado a la reina Hapshepsut.

Tal vez esa poderosa dama se había hecho construir esta tumba como esposa de Thutmosis II. Más tarde, cuando tomó el poder y se convirtió de hecho en monarca, se hizo claramente necesario que tuviera su tumba en el Valle como los otros reyes, en realidad yo mismo la localicé allí en 1903 y se abandonó la primera. Hubiera sido mejor para ella atenerse al plan original. En este lugar secreto su momia hubiera tenido alguna oportunidad de evitar se profanada: en el Valle no tenía ninguna. Al convertirse en reina, le correspondió el destino de los reyes.

Extraído de Hapshepsut. Teresa Bedman y Francisco J. Martín Valentín.

 
 
Excursiones por Egipto
Aun te lo ponemos más fácil.
Te hemos preparado ya las
excursiones para que no
dependas de nadie.
 
© todoegipto.org 2006. Jaume Martínez. Barcelona. Leer antes de usar